Cómo Arturo Calle organizó su relevo generacional y la donación de parte de su patrimonio a causas sociales.

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El creador de una de las mayores compañías de moda del país mantiene la costumbre de ir a la oficina todos los días. El también filántropo, ya ha destinado parte de su patrimonio a causas sociales. Con ventas anuales de más de $600,000 millones, el grupo está incursionando en nuevos segmentos.

Una mesa llena de papeles es lo único que tiene al frente Arturo Calle en su oficina. No hay computadores. A su lado, en su balcón, tiene un jardín de flores y vista a una parte del norte de Bogotá. A sus 87 años, no deja de contestar llamadas y llega a trabajar con la misma regularidad que los cerca de 6.000 empleados que hoy hacen parte del grupo empresarial de moda que fundó y que lleva su nombre.

“Esta es mi casa, aquí moriré”, dice en entrevista. “Yo no puedo estar en un apartamento sino acá permanentemente. Anteriormente trabajaba 14 y 16 horas. Ahora estoy trabajando unas ocho horas diarias”.

En su manera de decirlo hay una convicción casi física. El trabajo no es una etapa que se supera, sino un estado permanente.

Esa actitud explica por qué, aun después de haber cedido la propiedad accionaria a sus hijos y la administración a un gerente general, sigue siendo una figura activa dentro de la compañía.

“Se me consultan muchas situaciones comerciales”, cuenta. “Pero no intervengo en la parte administrativa, porque el gerente está es para administrar, no para que le administren su administración”.

Su rol hoy es el de un referente que observa, aconseja y acompaña, sin disputar el mando.

La relevancia de Arturo Calle en este momento no tiene que ver solo con su longevidad empresarial. Importa porque la empresa atraviesa una transición que suele ser crítica para organizaciones construidas alrededor de un fundador fuerte.

El paso hacia una estructura más institucional, con una nueva dirección general y una junta directiva con miembros externos, en un mercado que cambió profundamente la forma de consumir moda, de relacionarse con las marcas y de entender el precio.

“En 2025 tuvimos un año positivo de un crecimiento superior al 12% con respecto a 2024”, apunta Esteban Gonzalez, quien desde el pasado mes de agosto es el gerente general de Arturo Calle, al referirse a 2025. “La compañía comenzó el proceso de transición en la dirección general y la conformación de una junta directiva con miembros externos, lo cual es un gran reto y un gran paso”.

En 2024, Arturo Calle había registrado ingresos de $638.380 millones con utilidades de $22.782 millones, compitiendo con muchos, incluyendo a gigantes del sector como Koaj y H&M.

Para 2026, dice, el foco está puesto en ‘el crecimiento responsable’, con énfasis en el mundo masculino y femenino de la marca, nuevos formatos de tiendas en Colombia y el exterior, omnicanalidad, fortalecimiento de la comunicación y cultura organizacional.

Calle observa ese proceso desde la experiencia de quien construyó durante más de seis décadas sin recurrir a fórmulas financieras sofisticadas ni a expansiones aceleradas.

“Yo nunca he recurrido a los créditos”, repite.

Durante años se negó a internacionalizar la marca o a diversificar más allá de la moda masculina.


“¿Y quién controla en otro país el personal? La honestidad de las personas, el que se retiró el gerente cómo lo reemplazo, el cómo se controla los robos”, se preguntaba.

Su decisión fue crecer en Colombia, concentrarse en el producto, el precio y el control operativo. Con esa prudencia fue construyendo el ADN de la compañía.

El cambio llegó con la siguiente generación, ya que traspasó todas sus acciones a sus hijos, entre ellos Carlos Arturo, que manejó la operación por cerca de 37 años.

“Ya los hijos cuando pasaron a ser los dueños ya quisieron tener líneas en el exterior”, explica.

Hoy la empresa tiene más de 100 tiendas, además de Colombia, en Panamá, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Venezuela y Perú y ha incorporado nuevas líneas, incluida la femenina, que Calle nunca impulsó personalmente.

“Yo nunca la tuve, ellos la trajeron, respeté el concepto, no los incomodé y van muy bien con esa línea”, precisa.

En 1966, Arturo Calle compró por $17.000 de la época un pequeño almacén de camisas en San Victorino, Bogotá, donde trabajaba de domingo a domingo tras llegar desde su natal Medellín.

Ya había trabajado en una fábrica de medias y ayudado a su madre a vender frutas, hortalizas y flores en plazas de mercado.

Viajaba a Pereira para abastecerse de prendas formales y, apoyado en producto, precio y oficio, abrió un segundo y luego un tercer local. Dos años después, por sugerencia de un cliente, puso su nombre al negocio.

Es un fundador que acepta no tener la última palabra y que entiende que el legado también implica dejar hacer.

En el centro de su filosofía empresarial hay una idea que se repite como principio rector, que es vender bien no es vender caro.

“Yo no soy el empresario que busca una utilidad alta”, dice. “Yo busco en que todos aquellos que tienen capacidad económica alta, intermedia y otros su capacidad baja, puedan llegar a utilizar una gran marca”.

Para Calle, el precio justo no es una estrategia comercial sino una postura ética.

“A mí me parece que eso es algo muy importante. Yo a veces siento dolor de ver de que las personas no puedan llegar a un producto”, recalca.

Esa mirada explica su lectura optimista de los cambios en la moda masculina. La desaparición progresiva de la corbata entre los jóvenes y el auge de la ropa deportiva no le generan nostalgia.

“La moda en Colombia es una moda a la altura de cualquier país del mundo”, sostiene. Observa que hoy las prendas se renuevan con más frecuencia y que eso transforma el negocio. “Ya hoy en día no, ya viven de la moda, entonces están cambiando cada tres meses, cada seis, cada ocho, cada año”.

Para un empresario formado en la paciencia, la rotación acelerada no es contradicción, sino oportunidad.


Su idea de liderazgo se apoya menos en estructuras formales que en valores repetidos hasta volverse costumbre.

“El estilo mío de liderazgo es tener ese don de la paciencia, ser honrado, gustarme lo que hago, querer a los colombianos”, dice.

Su premisa ha sido vender productos de calidad, respetar al cliente y sostener una relación de largo plazo.

“Que siempre piensen en la honestidad y la transparencia hacia el cliente”, aconseja a los jóvenes emprendedores. “Que no busquen en el dinero el mayor placer, sino la satisfacción del deber cumplido”.


Esa lógica se reflejó de manera contundente durante la pandemia. Calle la describe como el mayor reto que ha enfrentado la empresa. “Ese fue un reto impresionante de tener 6.000 empleados, pagarle a 6.000, no retirar a ninguno de ellos”.

Para sostener la nómina, cuenta, la compañía utilizó utilidades acumuladas durante años.

“Ahí se invirtió las utilidades que generó la compañía durante dos, tres años para poder continuar con la empresa”, relata.

No lo presenta como un acto heroico, sino como una consecuencia natural de su forma de entender la empresa.

La relación con los empleados ha sido, según su propio relato, una de las bases del negocio. Calle recuerda una rotación mínima.

“Hubo un momento en el que aproximadamente tenía una rotación de retiro máximo de un 2%”, anota. Lo contrasta con lo que observa hoy en otras compañías. “Hoy en día veo que la planta de personal de muchas empresas es 30, 40 y 50”.

Su explicación vuelve a ser directa, refiriéndose a cercanía y cuidado.

“Yo era el de recursos humanos”, dice. “Yo era el que entrevistaba el personal, yo era el que lo ingresaba al personal. Si el patrón entrega, el trabajador también”.

Fuera del balance financiero, un legado suyo que poco se conoce está en la Fundación Arturo Calle, que él mismo define como su mayor orgullo.

“Todo lo que tenga que ver con el ser humano”, dice al describir su alcance. Habla de aportes a hospitales, becas, vivienda, brigadas de salud, alimentos y vestuario. También de donaciones mensuales a decenas de fundaciones más pequeñas que no tienen capacidad financiera suficiente.

Parte de su patrimonio ya fue entregado a la fundación, y otra parte está destinada a ella a través de su testamento.

“Yo no quiero llevarme nada para la sepultura”, insiste. “Lo que hago lo hago en vida”.

Su visión sobre el dinero es consistente con esa práctica.

“El dinero es una consecuencia, no la verdadera meta”, afirmó el pasado noviembre al recibir el Premio a la Excelencia Empresarial de Forbes Colombia en 2025.

En ese discurso volvió a insistir en que la empresa existe para crear bienestar y que el éxito solo tiene sentido cuando se comparte.

“Mi mayor riqueza es que los colombianos me quieren y esa gran fundación”, dijo esa noche.

Calle no evita las tensiones del entorno. Al hablar de Colombia, expresa admiración por su gente y su geografía, pero también preocupación por la estructura fiscal. Plantea la evasión como un problema grave.

“Este país necesita que se controle la evasión”, añadiendo que se requieren “impuestos justos”.

Desde su experiencia como contribuyente, explica que para quienes no evaden, la carga puede ser “casi impagable”. “Yo Estado, usted contribuyente, tiene que ser igual a lo que yo soy Estado”, comenta.

A pesar de su edad, no se muestra distante frente a los cambios tecnológicos o culturales.

“Yo soy un gran admirador de todo lo nuevo que llega al mundo todos los días”, comenta al ser consultado por tecnologías como la inteligencia artificial y nuevas plataformas de comercio electrónico.

Su curiosidad no se traduce en una adopción directa, pero sí en una actitud abierta de entender el cambio como parte del progreso humano.

“No venimos a hacer dinero para la sepultura, sino a hacer el bien”, sentenció en su discurso al recibir el Premio a la Excelencia Empresarial.